octubre 22, 2006

Prensa, conflicto armado y región


La Corporación Medios para la Paz, el Programa por la Paz y la Pontificia Universidad Javeriana acaban de publicar el libro “Prensa, conflicto armado y región”.

La frase “periodismo responsable en el conflicto armado” debería ser un pleonasmo. La razón es sencilla: si el periodismo no es responsable no es periodismo. Pero es muy desafortunado que en la realidad la información veraz y objetiva, a cuyo servicio debería estar el periodismo, se ve con frecuencia maltratada por los intereses contrarios al bien general que utilizan y manipulan la información a su favor.

Por eso al periodismo hay que ponerle calificativos: responsable, veraz, objetivo. Porque en la forma como aparece en los medios puede ser caracterizado como manipulador, constructor de la realidad, al servicio de intereses económicos y políticos particulares, amarillista. Bueno, se podría seguir la lista de las diferentes formas que atentan contra esa noble profesión y la erosionan hasta el punto de hacerle perder su credibilidad.

Cali, Octubre 19 de 2006

Hernando Llano Ángel.
Más allá de las formalidades propias de la cortesía, quiero felicitar emocionadamente a “Medios para la paz”, la “Pontificia Universidad Javeriana” y el “Programa por la Paz” de la Compañía de Jesús, por este excelente libro que han editado, pero especialmente a quienes han escrito sus magnificas crónicas y análisis sobre el conflicto armado, develando sus complejas y trágicas expresiones regionales.
Gracias a la sensibilidad, la inteligencia, el valor civil y la competencia profesional de: Elizabeth Yarce Ospina, Arturo Guerrero, Mónica Ospino Orozco, Wilson Lozano, Helda Martínez y Élber Gutiérrez Roa, podemos conocer y comprender mucho mejor las múltiples y desgarradoras dimensiones del conflicto armado en regiones como el Magdalena Medio y el Valle del Cauca, o en ciudades como Bogotá, Medellín, Cali y Barrancabermeja.

Dichas crónicas aportan valiosísimas claves de orden interpretativo y fenomenológico, para empezar a salir de este laberinto de odios, violencia y desolación mortal en que se ha convertido nuestra realidad. También quiero resaltar los lucidos análisis y balances escritos por Mario Morales y Jorge Iván Bonilla, en los capítulos V y VI del libro, titulados respectivamente el “Observatorio de Medios” y “Una mirada al proceso pedagógico del Diplomado”, pues aportan una perspectiva autocrítica, reflexiva y asertiva sobre la formación y la práctica de los periodistas, confiriéndole así a la obra una sólida dimensión teórica y a la vez aplicada.

El libro es, pues, una lograda síntesis de sensibilidad y racionalidad, que paradójicamente nos reconforta y de alguna manera nos reconcilia con nuestra condición humana, porque nos enseña los abismos alcanzados por la degradación ética, política, económica y social de este prolongado conflicto armado, producto de las mutaciones vividas por sus protagonistas, que alternan simultáneamente los roles de víctimas y verdugos.

Esa mutabilidad en el cambio de las identidades de los jóvenes armados, hoy miembros de milicias de las FARC y mañana en las filas de los paramilitares, que cambian de bando más fácil que de uniforme, como último recurso para sobrevivir y adaptarse a la cambiante e incierta relación de fuerzas entre las partes enfrentadas, está sobria y humanamente descrita en casi todas las crónicas del libro, pero especialmente en las referidas a Medellín, en la pluma de Elizabeth Yarce Ospina y en la crónica sobre los desmovilizados en Bogotá, donde Élber Gutiérrez Roa realiza un brillante análisis comparado y crítico de la precaria reinserción de los miembros de la guerrilla y los paramilitares, destacando los enormes esfuerzos que habrá que realizar para superar los prejuicios del odio y la desconfianza que predominan en la llamada sociedad civil frente a la reincorporación de los excombatientes de ambos bandos.

En los dos textos de Arturo Guerrero: “Ganarse la vida con la muerte” y “Otros ámbitos, otras voces”, encontramos una magistral síntesis de crónica y ensayo, de obligada lectura para toda persona que quiera comprender lo que está sucediendo en el presente, esta terrible metamorfosis de un régimen político que articula la política con el crimen, al cual he denominado régimen “electofáctico”, para significar que son los poderes de facto los que determinan en últimas quién o quiénes gobiernan en nuestro país.

En la misma línea, se inscriben, pero ya en clave más periodística, la excelente crónica de Mónica Ospino Orozco y su Bitácora sobre el régimen de terror generado por las bandas de los Machos y los Rastrojos en el norte y centro de nuestro Departamento, con su secuela de población campesina desplazada, desarraigada y humillada. En similar registro, la sensible y rigurosa crónica de Wilson Lozano sobre las tácticas desplegadas por los Paras, mediante el terror y la impunidad, con el propósito de controlar a Barrancabermeja y someterla a su régimen de facto. Pero también la forma como muchas organizaciones civiles y populares se han resistido a semejante oprobio, sin escatimar el sacrificio de sus mejores líderes, con el apoyo brindado por ONGs internacionales, convertidas en verdaderos “escudos humanos”, como las Brigadas Internacionales de Paz, los Equipos Cristianos de Acción por la Paz, la Red de Hermandad y el Observatorio Internacional de Paz, gracias a las cuales, según el testimonio del sacerdote jesuita Pacho de Roux: “de no haber vivido todos un proceso de este tamaño, Barrancabermeja sería como Urabá o Puerto Boyacá. Un mundo totalmente dominado por el paramilitarismo... la gente aquí no se dejó, creo que hay un orgullo ciudadano, una determinación de autonomía.” En esta perspectiva, también cabe destacar el esclarecedor análisis realizado por Helda Martínez, titulado “La violencia del silencio,” donde predominan los matices sobre la dificultad para dar aplicación a los aportes del Diplomado en la comprensión, cubrimiento e información de un conflicto que pone en juego la misma vida e integridad física y emocional de los periodistas.

Al respecto, quiero retomar el testimonio de la periodista de radio y televisión, Blanca Isabel Herrera cuando expresó: “No hemos hecho conciencia de la responsabilidad que tenemos frente a la sociedad. De todo lo que se puede destruir y construir con la palabra.”

Retomarlo, porque justamente las Bitácoras dan cuenta de la forma como cada periodista asumió la realidad del conflicto armado y la identidad fluctuante de sus protagonistas, además de la manera como resolvió sus propios dilemas éticos y existenciales al momento de escribir sus crónicas. Y es en este ejercicio donde se pone de presente la dignidad del oficio de comunicar y la autenticidad de las vocaciones periodísticas.

Las Bitácoras, me recordaron las reflexiones sobre la verdad y sus relaciones con la mentira y el odio de dos de los más grandes e influyentes escritores del siglo XX, por lo cual procedo a citarlos en extenso. El primer de ellos, novelista, ensayista y periodista en su esencia existencial, Albert Camus. El segundo, cuentista y novelista, dotado de una sensibilidad tan tormentosa como brillante, Franz Kafka.

En la Navidad de1951 el periódico “El Progreso de Lyon”, publicaba una entrevista concedida por Camus, y al preguntársele sobre si creía lógico relacionar las dos palabras “odio” y “mentira”, respondió: : “El odio es en sí mismo una mentira. Se calla instintivamente con relación a toda una parte del hombre. Niega lo que en cualquier hombre merece compasión. Miente, pues, esencialmente, sobre el orden de las cosas. La mentira es más sutil. Sucede incluso que se miente sin odio, por simple amor a uno mismo. Todo hombre que odia, por el contrario, se detesta a sí mismo, en cierto modo. No hay, pues, un lazo lógico entre la mentira y el odio, pero existe una filiación casi biológica entre el odio y la mentira. El odio no puede tomar otra máscara, no puede privarse de esta arma. No se puede odiar sin mentir. E inversamente, no se puede decir la verdad sin sustituir el odio por la compasión (que no tiene nada ver con la neutralidad.) De diez periódicos, en el mundo actual, nueve mienten más o menos. Es que en grados diferentes son portavoces del odio y de la ceguera. Cuanto mejor odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de otra cosa mejor, mi simpatía va hacia esos, escasos, que mienten menos porque odian mal ”
[1] .

Sin temor a equivocarme, y con cierto orgullo personal como docente en el Diplomado de Cali, creo poder afirmar categóricamente que él contribuyó, en todos aquellos que lo cursaron, a comprender más el conflicto y, por ende, odiar y mentir menos sobre sus protagonistas. Los textos aquí reseñados son el mejor testimonio de ello.

Luego, a otra pregunta sobre la importancia privilegiada de la mentira, respondió: “Su importancia proviene de que ninguna virtud puede aliarse con ella sin perecer. El privilegio de la mentira es que siempre vence al que pretende servirse de ella. Por ello los servidores de Dios y amantes del hombre traicionan a Dios y al hombre desde el momento en que consienten en la mentira por razones que creen superiores. No, ninguna grandeza se ha establecido jamás sobre la mentira. La mentira a veces hace vivir, pero nunca eleva. La verdadera aristocracia, por ejemplo, no consiste en primer lugar en batirse en duelo. Consiste, en primer lugar, en no mentir... La libertad no consiste en decir cualquier cosa y multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.”
[2]

Por último, una breve reflexión de Kafka sobre la verdad: “Es difícil decir la verdad porque existe sólo una; pero ésta tiene vida y por lo tanto exhibe un rostro múltiple y vivo”. Sin duda, es dicha verdad la que aparece en todas las crónicas reseñadas. Una verdad multiforme y proteica, que se encarna en los rostros y los cuerpos de verdugos, víctimas y espectadores, y nos afecta y marca a todos y todas, aunque con intensidades muy diversas. Por ello no tiene lugar en los textos el fundamentalismo de quien pretende encontrar o imponer su verdad del conflicto, negando la realidad y el sufrimiento de las víctimas al tiempo que elude su propia responsabilidad como verdugo, siendo accesorio el bando o la orilla desde la cual dispara, asesina, secuestra, tortura o desaparece. Quizá por lo anterior, se pueda asignar al auténtico periodista el rol de ventrílocuo del dolor y de las víctimas, “porque tiene el arte de hablar de modo que su voz parezca venir del vientre o de lejos”.

En efecto, todas las crónicas y textos contenidos en el libro: “Prensa, conflicto armado y región”, acogen voces que vienen de muy lejos o de vientres que ya no están, pero que gracias a ustedes jamás podremos dejar de escuchar y mucho menos olvidar.

Todo periodista tiene el deber profesional de escuchar su llamado, de atenderlo si es posible, y en caso de no poder hacerlo, entonces replicarlo como un eco interminable, pues es la única manera en que la verdad de las víctimas, su dolor y dignidad, se escuche sobre la mentira de los verdugos, su cinismo e ignominiosa impunidad. Ustedes han cumplido con ese deber, por eso les debemos gratitud y un emocionado aplauso.


[1] - Camus, Albert. “Las sevidumbres del Odio” en Bibliotecas Premios Nobel. Ensayos, pág 366. Editorial Aguilar 1981, Madrid.
[2] -Idem, pp 367 y 368.


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